Bueno, al final pudo ser y empezamos un viernes por la tarde, si no recuerdo mal el día 26 de noviembre. La entrevista era entre los cuatro -nosotros dos y ellos dos-. En ella tan sólo tuvimos una toma de contacto, nos pusimos más o menos de acuerdo en la periodicidad de las restantes entrevistas, nos explicaron a grandes rasgos cuáles eran los pasos a seguir; nos preguntaron por qué queríamos adoptar -pero sin entrar en profundidades- y por qué una niña de China -pero tampoco en profundidad-.
La siguiente entrevista con la trabajadora social fue el viernes 3 de diciembre. Empezamos a las 18 horas y terminamos, más o menos, a las 21. Nos hicieron una radiografía familiar (nombre y edad de padres, hermanos y hermanas, cuñados y cuñadas, sobrinos y sobrinas; domicilio, profesión, estudios, ...); y amistosa (amigos fuertes, flojos, conocidos, profesiones, hijos; actividades que realizamos juntos, ...). Otra radiografía profesional a nosotros (a qué te dedicas, por qué te dedicas a eso, cuándo lo decidiste, quién te influyó, en qué te gustaría trabajar, qué actividades de ocio tienes, cómo te llevas con tus compañeros de trabajo, con tus vecinos; hay colegio en tu pueblo, tiendas, ...).
Luego nos preguntó por las relaciones que manteníamos con nuestro núcleo familiar: cuántas veces os veis, con cuál de tus hermanos te entiendes mejor, si tuvieras un problema a quién se lo contarías, si necesitaras dinero a quién se lo pedirías, ...
La verdad es que esta entrevista -al igual que las que siguieron- fueron intensas, pero no desagradables. Había muchos ratos en los que hablábamos de cosas relacionadas pero no con preguntas directas tipo interrogatorio. Lo que sí notamos es que a veces nos preguntaban una cosa y al cabo de media hora nos lo volvían a preguntar (yo salí convencida de que querían ver si contestabas o no lo mismo).
La primera entrevista con el psicólogo tuvo el mismo contenido -exactamente el mismo-. Los dos comentamos (entre nosotros, claro) que para eso se podían haber ahorrado una entrevista y, o bien pasarse los datos, o bien hacerla conjuntamente; salvo que quisieran contrastar respuestas.
La segunda entrevista con la asistente social fue bastante más intensa (entre otras cosas estuvimos 5 (si, no habéis entendido mal, CINCO) horas. Las preguntas fueron ya más "íntimas" (cuál fue el día más feliz de tu vida, cuál el más desgraciado, qué recuerdos tienes de la educación que te dieron, que cambiarías, qué reproducirías, has sufrido malos tratos, cómo te "castigaban tus padres") y más reiteradas, en el sentido de que si comentas que no estás traumatizado por nada, al cabo del rato vuelven sobre la carga.
Luego entraron a saco en nuestras relaciones (qué te gustó de tu pareja, qué te disgusta, qué fue lo primero que te atrajo de él, físicamente te gusta, os peleáis, cómo hacéis las paces, quién da el primer paso, ..., describe a tu pareja). También con reiteraciones (no me puedo creer que no os peleéis, vamos a ver y ... vuelta a empezar); la verdad es que a ratos te entraba complejo de espía capturado por el enemigo (es un decir).
Luego venía la serie relacionada con la niña: ¿por qué niña; por qué china; sana, que tipo de deficiencias estarías dispuesto a admitir, por qué estas y no otras? ¿te importan sus antecedentes familiares; si supieras que su madre o su padre ha sido prostituta, alcohólica, drogadicta, ..., la aceptarías?; ¿si supieras que en su familia ha habido antecedentes de esquizofrenia, ..., la aceptarías? -utilizo la segunda persona, porque cada una de estas preguntas nos las hacía a cada uno de nosotros-.
Por último, le llegó el turno a: ¿sabe tu familia que quieres adoptar una niña china? ¿qué han dicho? ¿y tus amigos?; ¿conocéis a otras parejas que tengan hijos en adopción; qué problemas habéis detectado u os cuentan?, etc.
Bueno, debo decir que el contenido de la tercera entrevista fue esencialmente el mismo.
Quizá de todas las preguntas y temas que sacaron a relucir las que me resultaron más duras eran las relacionadas con el estado de salud de la niña. No sé, te hacen sentir muy egoísta por desear una niña lo más sana posible, en el sentido de que no hemos pedido que tenga lo que ellos llaman "necesidades especiales" (pero lo cierto es que yo no conozco a ninguna madre o padre biológico que cuando sueña con cómo será su hijo o hija, lo desee y le pida a su Manitú que se lo conceda con "necesidades especiales"; si las tiene, pues se afrontan de la mejor manera posible; si se producen después, pues lo mismo; pero desear que sea autista, hiperactivo, patológicamente insomne, por poner un ejemplo, pues no conozco a ningún padre biológico. ¿Por qué nos tienen que mirar como a seres egoístas y sin sensibilidad si los adoptivos tampoco tenemos esos deseos iniciales?).
También indagaron bastante sobre si aceptaríamos dos; si exigiríamos que fueran hermanos entre ellos y sobre la edad, etnia y raza.
La segunda entrevista con el psicólogo versó sobre esto mismo y también nos hizo un test -larguísimo- que se llevó para corregir; en la tercera nos dio los resultados de la evaluación y nos hizo un examen de preguntas cortas tipo: cuál de los dos tiene más ganas de salir; cuál de los dos pone más reparos a la hora de mantener relaciones sexuales; con qué familia política os relacionáis más, ..., parece ser que para comprobar el grado de compenetración y de veracidad en las respuestas.
Por último, llegó el día de la visita a casa. Si soy sincera,
nosotros intentamos que estuviera suficiente pero no excesivamente limpia y
ordenada.
Hicimos una gira turística por la casa (pero ni miró debajo de las
camas, ni abrió los armarios, ni nada de eso) y luego nos sentamos a hablar.
Recuerdo que en esa entrevista me llamaron mucho la atención dos preguntas
1) ¿Pensáis decirle a vuestra hija que es adoptada? y
2) ¿Cómo os la imagináis físicamente?.
En los dos casos a mí se me escapó una sonrisa, pero
en la segunda pregunta contesté de forma casi inmediata que me la imaginaba
morena, con el pelo lacio y con los ojos rasgados -al decir esto último,
también a ella se le escapó la sonrisa-.
Por último, tuvimos la última entrevista en la que nos avanzaron el resultado de su valoración: no nos dijeron que era para eso, así que no íbamos nerviosos, pero cuando nos dijeron que nos iban a dar ese avance me entró -al menos a mí- un nudo en el estómago. Pero se quitó pronto; en cuanto nos dijeron que ¡PARA ELLOS ÉRAMOS IDÓNEOS!.
No incluyo una relación de plazos -lo habréis notado- porque lo nuestro, en este sentido, ha sido como subir una montaña llena de pinchos pinchosos.